lunes 24 de noviembre de 2008

Homeostasis Prof. Monserrat

Presentación de homeostasis tercero medio

martes 29 de julio de 2008

Ejercicios Circunferencia y Parábola

Apunte Circunterencia
Parábola

sábado 28 de junio de 2008

Alternativas Correctas Ensayo Matemática

1 A 11 C 21 E 31 B 41 E 51 B 61 C
2 B 12 D 22 A 32 D 42 A 52 D 62 E
3 E 13 B 23 E 33 D 43 C 53 D 63 A
4 D 14 A 24 B 34 D 44 A 54 A 64 B
5 B 15 B 25 D 35 B/E 45 A 55 E 65 C
6 D 16 C 26 D 36 D 46 E 56 D
7 D 17 E 27 C 37 D 47 B 57 D
8 C 18 B 28 B 38 D 48 D 58 C
9 E 19 C 29 C 39 E 49 E 59 B
10 D 20 C 30 C 40 B 50 D 60 A



perdon por el formato.. sinceramente me dio lata hacer la tabla.. :)

sábado 17 de mayo de 2008

PSU Matemática

Apuntes PSU Preuniv Popular Victor Jara

Ejercicios PSU Danny Perich

Ambos desde http://www.sectormatematica.cl/psu.htm

domingo 11 de mayo de 2008

Apuntes Álgebra y Sumatorias

Para los alumnos de 4to Medio
Apunte Usach

Apuntes Uamericas

miércoles 7 de mayo de 2008

Plan de Lectura 2008

Septimo Año
(Todo Septimo 7,32 Mb)

Crónicas de Narnia I
Crónicas de Narnia VI
La Ciudad de los Césares
Historia de la Gaviota y del Gato que le enseñó a Volar
El Último Grumete de la Baquedano
Querido Fantasma
Veraneando en Zapallar
Médico a Palos

Octavo Año
(Todo Octavo 1,36 Mb)

Un Viejo que Leia Novelas de Amor
La Tejedora de la Muerte
El Caballero de la Armadura Oxidada
El Barón de Grogzwig
Ánimas del Día Claro
Sólo Vine a Hablar por Teléfono
Juan Salvador Gaviota
La Noche que lo Dejaron Solo
El Extraño Caso del Doctor JeKyll y Mr. Hyde
Los Cunninghams
La Fuerza de Sheccid
El Picnic del Millón de Años

Primero Medio
(Todo Primero 1,62 Mb)

La Odisea
Juventud en Extasis
La Casa de Asterion
Edipo rey
El Pago
Crónica de Una Muerte Anunciada
No Oyes Ladrar Los Perros
La Vida Simplemente
El Nombre de la Rosa
Hamlet
La Carta Robada
Misa de Requiem
El Hombre de la Esquina Rosada
La vida un Girasol

Segundo Año Medio
(Todo Segundo 2,75 Mb)

El Tunel
Un Señor Muy Viejo con una Alas Enormes
Los Trenes se van al Purgatorio
La Noche Boca Arriba
De la Tierra a la Luna
Diles que no me Maten
El Hobbit
La Amortajada
La Última Niebla
La Hojarasca
Una Rosa Para Emily
Sidharta
La Loca y El Relato del Crimen

Tercer Año Medio
(Todo Tercero 4,26 Mb)

Los Jefes y Los Cachorros
La Granja de los Animales
El Quijote de la Mancha
El Alquimista
La Divina Comedia
Lazarillo de Tormes
FuenteOvejuna
El Burlador de Sevilla
Don Juan Tenorio
El Amor en los Tiempos del Cólera

Cuarto Año Medio
(Todo Cuarto 4 Mb)

La Vida es Sueño
Como Agua Para Chocolate
La Fiesta del Chivo
1984
El Perfume
Cien Años de Soledad
Pedro Páramo
Las Moscas
La Reina Isabel Cantaba Rancheras
Hijo de Ladrón
La Batalla de Maipu

Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)
La Mujer

La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se la ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco, y sigue ahí, sobre el —lomo de la carretera.
Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita. detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las canas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: Un becerro, sin duda, estropeado por auto.
Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vió que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.
El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío. caliente como horno, la persiguió, tirándola de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.

—¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonzada!
—Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó —— quería ella explicar.
—¿Qué no? ¡Ahora verás! Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. El veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mami moriría si seguía sangrando.
Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara tanto tiempo.
—¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba tirada en el piso de tierra ¡sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre.
Chepe entró por el patio.
—¡Te dije que no quería verte más aquí, condenada !
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.
Quico le llamó la atención; pero él, medioloco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarla ya. Entonces fué cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.
El niño pequeñín, pequeñín, comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.
La lucha era silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.
La mujer vió cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Este comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó.
Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.
La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.
La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.